A la Puerta del Templo | Kahlil Gibran

Para hablar del Amor purifiqué mis labios con el fuego sagrado, pero no pude encontrar palabras adecuadas.

Cuando conocí el amor, las palabras se diluyeron en un lánguido jadeo y el canto de mi corazón en un profundo silencio.

¡Oh vosotros que me habéis preguntado acerca del Amor, vosotros, a los que persuadí de sus misterios y maravillas, ahora, desde que el Amor me envolvió con su velo, tengo que preguntaros sobre el rumbo del Amor y su mérito.

¿Quién puede responder a mis preguntas?

Pregunto sobre lo que hay en mi interior: quiero enterarme por mí mismo.

¿Quién de vosotros puede revelarme a mí mismo mi yo más profundo, mi alma a mi alma?

Decidme, por el amor de Dios…

¿Qué es la llama que arde en mi corazón devorando mis fuerzas y anulando mi voluntad.

¿Qué son esas suaves y ásperas manos escondidas que aprietan mi alma; qué es ese vino que, mezcla de felicidad y dulce pena, baña mi corazón?

¿Qué son esas alas que rondan mi almohada en el silencio de la noche, manteniéndome despierto mirando nadie sabe a qué?

¿Qué es ese algo invisible en el que clavo la mirada, qué ese algo incomprensible que rumio, qué el sentimiento que no puede ser percibido?

En mis visiones hay un sentimiento más hermoso que el eco de la risa y más arrobador que la felicidad.

¿Por qué me rindo a un poder desconocido que me mata y me vuelve a la vida hasta que apunta la aurora y llena mi habitación con su luz?

Los fantasmas de la vigilia tiemblan entre mis párpados secos y las sombras de los sueños rondan mi duro lecho.

¿Qué es lo que llamamos Amor?

Decidme…

¿Qué es ese secreto escondido en el tiempo que afecta todos los sentidos?

¿Qué es ese sentido que aparece a la vez como origen y resultado de todo?

¿Qué es esta vigilia que de la vida y la muerte hace un sueño más extraño que la vida y más grave que la muerte?

Decidme, amigos…

¿Alguno de vosotros no despertaría del sueño de la Vida si el Amor tocara su alma con la punta de su dedo?

¿Quién de vosotros no abandonaría padre y madre al llamado de la doncella amada de su corazón?

¿Quién de vosotros no navegaría mares distantes, cruzaría desiertos y treparía el pico más alto para encontrarse con la mujer que su alma eligió?

¿Qué alma juvenil no seguiría hasta el fin del mundo a la doncella que con su hálito aromático, su dulce voz y manos mágicamente suaves enajenó su alma?

¿Qué ser no quemaría su corazón como incienso ante un dios que escucha sus súplicas y accede a sus plegarias?

Ayer me detuve a la puerta del templo e interrogué a quienes pasaban sobre el misterio y el mérito del Amor.

Y por delante de mí pasó un anciano de rostro delgado y melancólico que suspiró y dijo: El amor es una debilidad natural que nos legó el primer hombre.

Pero un joven viril replicó: El amor une nuestro presente con el pasado y el futuro.

Entonces una mujer de cara trágica agregó: El amor es un veneno mortífero que inyectan víboras negras que se arrastran desde las cuevas del infierno. El veneno parece fresco como el rocío y el alma sedienta lo bebe anhelante; después de una pasajera embriaguez, el bebedor enferma y muere una muerte lenta.

Luego, una jovencita de mejillas rosadas dijo sonriendo: El amor es el vino que sirven las novias del amanecer: fortifica las almas fuertes y les permite ascender a las estrellas.

Después de ella, un hombre vestido de negro y con barba, frunciendo el ceño arguyó: El amor es la ciega ignorancia con la que comienza y termina la juventud.

Otro, sonriendo, declaró: El amor es un conocimiento divino que permite que el hombre vea tanto como los dioses.

Tanteando el camino con su bastón, un ciego dijo entonces: El amor es una niebla enceguecedora que impide que el alma perciba el secreto de la existencia, de modo que el corazón sólo ve fantasmas temblorosos de deseo entre los cerros y sólo oye ecos de gritos en los valles mudos.

Un joven, tocando su viola, cantó: El amor es un rayo mágico que emite el núcleo ardiente del alma y que ilumina la tierra circundante. Hace que percibamos la vida como un hermoso sueño entre un despertar y otro.

Y un anciano enfermizo, que arrastraba sus pies como andrajos, dijo temblorosamente: El amor es el descanso del cuerpo en el silencio de la tumba, la tranquilidad del alma en el abismo de la Eternidad.

Después dé él, un niño de cinco años afirmó riendo: El amor es mi papá y mi mamá y nadie conoce el amor más que mi papá y mi mamá.

Y así cada uno de los que pasó dio del Amor la imagen de sus esperanzas y frustraciones, dejándolo en el misterio como antes.

Entonces oí una voz en el interior del templo: La vida está dividida en dos mitades, una helada, la otra ardiente; la mitad ardiente es el Amor.

Luego entré al templo, me arrodillé y alegrándome, recé:

Haz de mí, oh Dios, comida

Para la llama inflamada…

Haz de mí, oh Señor, alimento

Para el fuego sagrado…

Amén.

¬Kahlil Gibran

Photo by Varshesh Joshi

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