TOMAR Y SOLTAR | Clarissa Pinkola Estés

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Cuento: EL CÍRCULO DEL 99 | Jorge Bucay

En un país no muy lejano había un rey muy triste, el cual tenía un sirviente que se mostraba siempre pleno y feliz.

Todas las mañanas, cuando le llevaba el desayuno, el sirviente lo despertaba tarareando alegres canciones de juglares. Siempre había una sonrisa en su cara, y su actitud hacia la vida era serena y alegre.

Un día el rey lo mandó llamar y le preguntó:

Paje —¿cuál es el secreto? —

¿Qué secreto, Majestad?

—¿Cuál es el secreto de tu alegría?—

No hay ningún secreto, Alteza.

— No me mientas. He mandado cortar cabezas por ofensas menores que una mentira —

Majestad, no tengo razones para estar triste. Su Alteza me honra permitiéndome atenderlo. Tengo a mi esposa y a mis hijos viviendo en la casa que la corte nos ha asignado, estamos vestidos y alimentados, y además Su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas que nos permiten darnos pequeños gustos. ¿Cómo no estar feliz?

—Sino no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar, dijo el rey, Nadie puede ser feliz por esas razones que has dado.—

El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación.

El rey estaba furioso, no conseguía explicarse cómo el paje vivía feliz así, vistiendo ropa usada y alimentándose de las sobras de los cortesanos.

Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le preguntó:

— Por qué él es feliz?—

Majestad, lo que sucede es que él está por fuera del círculo.

—¿Fuera del círculo? ¿Y eso es lo que lo hace feliz? —

No, Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.

—A ver si entiendo: ¿estar en el círculo lo hace infeliz? ¿Y cómo salió de él?—

Es que nunca entró.

— ¿Qué círculo es ese? —

El círculo del noventa y nueve.

—Verdaderamente no entiendo nada. La única manera para que entienda sería mostrármelo con hechos. ¿Cómo? Haciendo entrar al paje en el círculo.—

Pero, Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar en el círculo. Aunque si le damos la oportunidad, posiblemente entrará por si mismo.

— ¿Pero no se dará cuenta de que eso es su infelicidad? —

Si se dará cuenta, pero no lo podrá evitar.

—¿Dices que él se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar en ese ridículo círculo, y de todos modos lo hará? —

Tal cual, Majestad. Si usted está dispuesto a perder un excelente sirviente para entender la estructura del círculo, lo haremos. Esta noche pasaré a buscarlo. Debe tener preparada una bolsa de cuero con noventa y nueve monedas de oro.

Así fue. El sabio fue a buscar al rey y juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron junto a la casa del paje.

El sabio guardó en la bolsa un papel que decía:

«Este tesoro es tuyo. Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no le cuentes a nadie cómo lo encontraste».

Cuando el paje salió por la mañana, el sabio y el rey lo estaban espiando. El sirviente leyó la nota, agitó la bolsa y al escuchar el sonido metálico se estremeció. La apretó contra el pecho, miró hacia todos lados y cerró la puerta.

El rey y el sabio se acercaron a la ventana para ver la escena. El sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa, dejando sólo una vela, y había vaciado el contenido de la bolsa. Sus ojos no podían creer lo que veían: ¡una montaña de monedas de oro! El paje las tocaba, las amontonaba y las alumbraba con la vela. Las juntaba y desparramaba, jugaba con ellas…

Así, empezó a hacer pilas de diez monedas. Una pila de diez, dos pilas de diez, tres, cuatro, cinco pilas de diez… hasta que formó la última pila: ¡nueve monedas! Su mirada recorrió la mesa primero, luego el suelo y finalmente la bolsa.

«No puede ser», pensó.

Puso la última pila al lado de las otras y confirmó que era mas baja.

«Me robaron, me robaron, ¡malditos!» gritó

Una vez más buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas. Corrió los muebles, pero no encontró nada. Sobre la mesa como burlándose de él, una montañita resplandeciente le recordaba que había noventa y nueve monedas de oro.

«Es mucho dinero, pensó, pero me falta una moneda. Noventa y nueve no es un número completo. Cien es un número completo, pero noventa y nueve.»

El rey y su asesor miraban por la ventana. La cara del paje ya no era la misma, tenía el ceño fruncido y los rasgos tensos, los ojos se veían pequeños y la boca mostraba un horrible rictus.

El sirviente guardó las monedas y, mirando para todos lados con el fin de cerciorarse de que nadie lo viera, escondió la bolsa entre la leña.

Tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos. ¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar para comprar su moneda número cien? Hablaba solo en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla; después, quizás no necesitaría trabajar más. Con cien monedas de oro un hombre puede dejar de trabajar. Con cien monedas de oro un hombre es rico. Con cien monedas de oro se puede vivir tranquilo. Si trabajaba y ahorraba, en once o doce años juntaría lo necesario. Hizo cuentas: sumando su salario y el de su esposa, reuniría el dinero en siete años. ¡Era demasiado tiempo! Pero, ¿para qué tanta ropa de invierno?, ¿para qué más de un par de zapatos? En cuatro años de sacrificios llegaría a su moneda cien.

El rey y el sabio volvieron al palacio.

El paje había entrado en el círculo del noventa y nueve.

Durante los meses siguientes, continuó con sus planes de ahorro.

Una mañana entró a la alcoba real golpeando las puertas y refunfuñando.

—¿Qué te pasa? — le preguntó el rey de buen modo.

Nada, contestó el otro.

—No hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.—

Hago mi trabajo, ¿no? ¿Qué querría Su Alteza, que fuera también su bufón y juglar?

No pasó mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente. No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humor.

**

—Y hoy cuando hablamos, me acordaba de ese cuento del rey y el sirviente. Tú y yo y todos nosotros hemos sido educados en esta estúpida ideología: Siempre nos falta algo para estar completos, y sólo completos se puede gozar de lo que se tiene. Por lo tanto, nos enseñaron, la felicidad deberá esperar a completar lo que falta… Y como siempre nos falta algo, la idea retoma el comienzo y nunca se puede gozar de la vida…

Pero, qué pasaría…

si la iluminación llegara a nuestras vidas

y nos diéramos cuenta, así, de golpe

que nuestras 99 monedas

son el cien por cien del tesoro,

que no nos falta nada,

que nadie se quedó con lo nuestro,

que nada tiene de más redondo

cien que noventa y nueve

que esta es sólo una trampa,

una zanahoria puesta frente a nosotros

para que seamos estúpidos,

para que jalemos del carro,

cansados, malhumorados,

infelices o resignados.

Una trampa para que nunca dejemos de empujar

y que todo siga igual…

…eternamente igual!

…Cuántas cosas cambiarían

si pudiésemos disfrutar de

nuestros tesoros tal como están.

—Pero ojo, Demián, reconocer en 99 un tesoro no quiere decir abandonar los objetivos. No quiere decir conformarse con cualquier cosa.

Porque aceptar es una cosa y resignarse es otra.

Pero eso es parte de otro cuento.

¬Jorge Bucay

Libro: Déjame que te cuente. Recuentos para Damián

Photo by Brett Hondow /Pixabay

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POSEER | Proverbio hindú

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LA CAPACIDAD DE ESTAR SOLO | Osho

Blog 0164 La capacidad de estar solo

 

La capacidad de estar solo es la capacidad de amar.

 

Puede que te parezca paradójico, pero no lo es. Es una verdad existencial; sólo aquellas personas que son capaces de estar solas son capaces de amar, de compartir, de llegar a lo más profundo de la otra persona; sin poseer a la otra persona, sin depender de ella, sin reducirla a una cosa, y sin volverse adictos a ella. Permiten que la otra persona tenga total libertad porque saben que si se marcha, ellos seguirán siendo tan felices como son ahora. La otra persona no puede arrebatarles su felicidad, porque no es quien se la dio.

 

Entonces, ¿Por qué quieren estar juntos?

 

Ya no se trata de una necesidad; se trata de un lujo. Intenta comprenderlo. Las personas autenticas se aman porque es un lujo, no una necesidad. Disfrutan compartiendo; tienen mucha alegría, les gustaría derramarla en alguien más. Y saben cómo interpretar su vida como solistas.

 

El solista de flauta sabe cómo disfrutar a solas de su flauta. Y si por casualidad se encuentra con un guitarrista, un solista de cuerdas, disfrutarán tocando juntos y creando una armonía entre flauta y cuerda.

 

Ambos disfrutarán: ambos derramarán su riqueza en la otra persona.

 

¬Osho

 

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NO DIGAS NUNCA… | Alfonso Milagro

Blog No Digas Nunca

 

No digas nunca: “Ya no puedo más”

No sabes cuánta es la fuerza que descubre en sí el que se mira por dentro, el que se decide a seguir poniendo esfuerzos, cada vez más redoblados.

No digas que no puedes más, cuando se trata de corregir tus defectos, siempre puedes poner un esfuerzo más.

No digas que no puedes más, cuando se trata de sufrir, lo que tú has sufrido, ciertamente que no ha llegado a lo que otros están sufriendo a tu lado, si ellos pueden más, ¿por que tú no podrás?

No digas que no puedes más, cuando se trata de ayudar a los otros; es tanto lo que tú tienes para darles, que nunca darás lo suficiente y nunca te darás del todo.

Sé más optimista contigo mismo, tente más confianza, cobra más valor, dilata tus horizontes, descubre nuevos campos de acción.

Sea éste tu lema:

¡Siempre más y siempre mejor!

Alfonso Milagro

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ELIMINA LAS EXPECTATIVAS | Patricia Anaya

Blog 0080 Elimina Las Expectativas

 

No son los demás quienes te decepcionan.

Cada quien es como es porque así lo ha elegido y merece todo el respeto por ello.

Lo que realmente genera tu sufrimiento son las expectativas que depositas en cada ser con el que te relacionas, según como tú crees que “debe” ser, sentir, pensar o actuar; o no hacerlo.

Si quieres dejar de desilusionarte, y dar un paso más en el camino hacia la paz, no generes expectativas sobre nadie, y acepta a cada ser como es, aunque no estés de acuerdo con su manera.

Serás mucho más feliz cuando logres la aceptación incondicional del otro, por el simple (…y complejo) hecho de ser como es; sin etiquetas, sin expectativas.

 

Patricia Anaya

 

 

 

LA TAZA DE TÉ | Jorge Bucay

Blog 0013 La Taza De Te

 

Gran Maestro -dijo el discípulo-, he venido desde muy lejos para aprender de ti. Durante muchos años he estudiado con todos los iluminados y gurús del país y del mundo y todos han dejado mucha sabiduría en mí. Ahora creo que tú eres el único que puede completar mi búsqueda. Enséñame, Maestro, todo lo que me falta saber.

Badwin el sabio le dijo que tendría mucho gusto en mostrarle todo lo que sabía pero que antes de empezar quería invitarlo con un té.

El discípulo se sentó junto al Maestro mientras él se acercaba a una pequeña mesita y tomaba de ella una taza llena de té y una tetera de cobre.

El Maestro alcanzó la taza al alumno y cuando éste la tuvo en sus manos empezó a servir más té en la taza que no tardó en rebasarse.

El alumno con la taza entre las manos intentó advertir al anfitrión: – Maestro…Maestro Badwin como si no entendiera el reclamo siguió vertiendo té, que después de llenar la taza y el plato empezó a caer sobre la alfombra. –

Maestro –gritó ahora el alumno-, deja ya de echar té en mi taza. ¿No puedes ver que ya está llena? Badwin dejó de echar té y le dijo al discípulo: – Hasta que no seas capaz de vaciar tu taza no podrás poner más té en ella.

Hay que vaciarse para poder llenarse. Una taza, dice Krishnamurti, sólo sirve cuando está vacía. No sirve una taza llena, no hay nada que se pueda agregar en ella.

Manteniendo la taza siempre llena ni siquiera puedo dar, porque dar significa haber aprendido a vaciar la taza. Parece obvio que para dar tengo que explorar el soltar, el desapego, porque también hay una pérdida cuando decido dar de lo mío.

Para crecer entonces voy a tener que admitir el vacío.

El espacio donde por decisión, azar o naturaleza ya no está lo que antes podía encontrar. Esta es mi vida. Voy a tener que deshacerme del contenido de la taza para poder llenarla otra vez. Mi vida se enriquece cada vez que yo lleno la taza, pero también se enriquece cada vez que la vacío… porque cada vez que yo vacío mi taza estoy abriendo la posibilidad de llenarla de nuevo.

Jorge Bucay

*Libro: El camino de las Lágrimas

 

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