ACÉPTATE A TI | Patricia Anaya

¡Para de sentir vergüenza por ser como eres!

¡Para de sentir culpa por hacer lo que haces!

No te disculpes más ante el mundo

por pensar como piensas,

por hablar como hablas,

por vestir como vistes,

por comer lo que comes,

por roncar como roncas,

por reír como ríes,

por decidir como decides.

por ser quien Eres.

Estas disculpas tan solo reflejan

que te avergüenzas de ti,

que sientes culpa,

que no te aceptas,

que no te amas.

Si vas a vivir contigo el resto de tu vida,

es tiempo ya de que te aceptes como eres,

sin poner tu aceptación de ti,

por debajo de la aceptación,

que de los otros recibas.

Empieza ya a aceptar

tus dones,

tus limitaciones,

tus rarezas,

tus sinsabores,

tus sueños,

tus conductas únicas,

tus deleites,

tus diferencias,

tu todo.

Y aceptar no significa

estar de acuerdo

con todo,

en todo momento.

Cuando logras aceptarte a ti,

te generas la oportunidad

de observarte y de percibir,

de manera transparente

honesta,

sin prejuicios,

lo que en verdad

te agrada y amas de ti,

y lo que no te agrada

ni aprecias de ti.

Y cuando tengas claro

aquello que no te agrade a ti,

y solo a ti,

valorarás si es o no factible

realizar genuinos cambios,

cuándo y cómo

tú lo decidas.

Y entonces te motivarás

a precisar una fecha próxima

para empezar a transformar eso

por algo que te haga sentir más feliz,

por algo que te haga ser mejor persona,

por algo que si aceptes,

por algo que si ames,

en todas sus aristas,

en todos sus rincones.

Y así, paso a paso

te irás adentrando cada vez más

en la aceptación

de tu Ser

tal como Es,

sin temores,

sin máscaras,

sin ese gasto inútil de tu energía

en la incesante búsqueda

de ser diferente solamente

para satisfacer a los demás,

para que te quieran,

o, al menos, para que te aprueben.

Tu vida será mucho más sencilla

si logras aceptarte a ti,

si logras tu autoamor,

si simplemente Eres como tú Eres.

Acepta tu materia.

Acepta tu pensar.

Acepta tu sentir.

Acepta tu hacer.

Y condúcete sin miedo

por el camino que has elegido vivir.

Y hazte la promesa

de que nunca,

nunca jamás,

ni por un instante,

te atreverás

a sentir vergüenza por como eres,

ni a sentir culpa por lo que haces.

¬Patricia Anaya

Photo by Alexandr Ivanov /Unsplash

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BIENVENIDA A TI MISMA | Simone Seija

Blog 0191 Bienvenida a ti misma Simone Seija Ph Finn Hackshaw

 

Y entonces te das cuenta…

que afuera no hay nada que pueda resolver tus dilemas internos.

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Ni juez que decida si estás haciendo o no lo correcto.

Ni corazón que pueda latir como el tuyo.

Ni cuerpo que responda al amor como el que contiene tu alma.

Ni tiempo para esperar el tiempo de otros

Ni ganas de vivir de esperanzas prestadas

<>

Entonces te levantas y muy sencillamente,

atraviesas tu puerta y entras en tu vida…

para hacerte su dueña,

decorarla a tu gusto,

estallarla de música,

y vibrar de colores.

<>

Porque a eso viniste,

a habitarte completa,

sin excusas,

sin miedo,

sin dilación,

ni culpa.

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¡Bienvenida a ti misma!

¬Simone Seija

Fábula: EL PEZ Y EL AVE | Jacobo Grinberg

Blog 0045 El Pez Y El Ave

 

Un pez dorado estaba asombrado por el vuelo de las aves. Le gustaba asomarse a la superficie del agua y ver cómo la golondrina se trasladaba por el espacio abierto al agitar sus alas. Le encantaba analizar sus movimientos y pensar que éstos le permitían alcanzar grandes velocidades. Entendía el mecanismo del vuelo… y deseaba volar.

Una golondrina estaba asombrada por el nado de los peces. Le gustaba volar por encima del estanque para ver cómo el pez dorado, al mover su cola, se trasladaba en el agua, transparente y fresca. Le encantaba analizar la forma en que el pez se quedaba flotando: inmóvil y sin esfuerzo, y cómo en un santiamén cambiaba su posición. Entendía el mecanismo del nado… y deseaba nadar.

Un día de sol, la golondrina le habló al pez:

Si tú me enseñas a nadar, yo te enseñaré a volar.

Y el pez le contestó con una sonrisa:

Trato hecho!

A partir de ese momento se hicieron amigos. El pez le explicó a la golondrina todos los secretos de la natación y le enseñó a doblar sus alas y moverse de tal forma que le permitiera penetrar en el agua y trasladarse en ella.

La golondrina, a su vez, enseñó al pez cómo adquirir suficiente impulso en un movimiento ascendente desde la profundidad del estanque. Le explicó que este impulso le haría salir del agua y que, una vez en el espacio, tendría que mover la cola y así podría volar.

El aprendizaje fue lento y peligroso, pero llegó el momento en que todos los movimientos fueron aprendidos y se decidió hacer la prueba final.

La golondrina, ansiosa, le dijo al pez:

—Estás preparado para volar, ahora debes intentarlo.

Y el pez, preocupado, replicó:

—Tú también lo estás, si así lo deseas puedes nadar.

Los dos se prepararon, respirando hondo y después de un momento de vacilación, se atrevieron…

Alguien, a la orilla del estanque, tuvo una visión fantástica: vio volar a un pez dorado y nadar a una golondrina.

Cuando se volvieron a encontrar, los dos notaron que cada uno tenía un brillo especial en los ojos, era un reflejo profundo y sereno.

El pez miró a su compañera y le dijo:

Cuando volaba hice un descubrimiento: sentí que te podía conocer como nunca antes me imaginé. Viví mi vuelo siendo tú y siendo yo.

La golondrina, sonrojada, le contestó:

—Yo sentí lo mismo.

El pez, «frunciendo el entrecejo», miró una hoja que flotaba en el estanque; parecía querer decir algo muy difícil o penoso.

La golondrina le demandó:

¡Dilo de una vez!

También descubrí otra cosa… supe que mi nado no era diferente de tu vuelo, sentí que antes había nadado como un autómata y que me había olvidado que nadar es también bello, además…

El pez no se atrevía a terminar, miraba en una dirección y después en la otra evitando enfrentarse con la mirada de la golondrina, ésta esperaba pensativa; por fin el pez prosiguió:

… además, entendí la razón del olvido, sólo veía tu vuelo y quería ser como tú, pensaba que lo mío no podía ser tan hermoso como lo tuyo… ahora sé que ambas cosas lo son.

La golondrina sonreía, se acercó al pez y abrazándolo le confió:

Los dos hemos aprendido lo mismo, nada a partir de este momento será igual… mi vuelo será lo más maravilloso y tu nado también, tú estarás en mí y yo en ti, pero los dos seremos lo que somos y nada será mejor ni nos podrá enseñar más.

Cuentan que a partir de ese día algo extraño sucedía cerca del estanque… un pez dorado estaba aprendiendo a nadar y una golondrina a volar.

¬Jacobo Grinberg Zylberbaum

* Libro: La Experiencia Interna

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