DEJAR IR | Yehuda Berg

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Dejar Ir | Yehuda Berg

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Soltar | Suzanne Marshall

Blog 0146 Soltar

 

Rendirse, es abandonar
Soltar, es dulce liberar

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Rendirse, es llorar de angustia
Soltar, la paz total.

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Rendirse, es duro y difícil
Soltar, es relajar.

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Rendirse, es el fracaso
Soltar, el éxito total.

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Rendirse, es muy humano
Soltar, la divinidad.

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Rendirse, es el atardecer muriendo
Soltar, es el sol naciendo.

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Rendirse, todo ha terminado!
Soltar, todo acaba de empezar!

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Suzanne Marshall Lucas

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Dejar Ir | Louise L. Hay

Blog Dejar Ir Louise Hay

 

Dejar ir no significa dejar de cuidar, significa que no puedo hacerlo por otra persona.

Dejar ir no es aislarme, es darse cuenta que no puedo controlar a otro.

Dejar ir no es permitir, sino reconocer el aprendizaje de las consecuencias naturales.

Dejar ir es admitir la impotencia, que significa que el resultado no está en mis manos.

Dejar ir no es tratar de cambiar o culpar a otro, es sacar lo máximo de mí mismo.

Dejar ir no es cuidar, sino atender.

Dejar ir no es reparar, sino ser de apoyo.

Dejar ir no es juzgar, sino permitirle a otro que sea un ser humano.

Dejar ir no es estar en el medio arreglando todos los resultados, sino permitir a otros que influyan en sus propios destinos.

Dejar ir no es ser protector, es permitir a otro que enfrente la realidad.

Dejar ir no es negar, sino aceptar.

Dejar ir no es regañar, reprender o discutir, sino buscar mis propios defectos y corregirlos.

Dejar ir no es ajustar todo a mis deseos, sino tomar cada día como viene y apreciarme a mí mismo en él.

Dejar ir no es lamentar el pasado, sino crecer y vivir para el futuro.

Dejar ir es temer menos y amar más.

Louise L. Hay

 

 

Me Doy Permiso | Joaquín Argente

Blog Me Doy Permiso

Me doy permiso para no ser una víctima.

Me doy permiso para separarme de personas que me traten con brusquedad, presión o violencia, de las que me ignoran, me niegan un saludo, beso, abrazo…

Las personas bruscas o violentas quedan ya, desde este mismo momento fuera de mi vida.

Me doy permiso para no obligarme a ser “el alma de la fiesta”, el que pone el entusiasmo ni ser la persona dispuesta al diálogo para resolver conflictos cuando los demás ni siquiera lo intentan.

Me doy permiso para no entretener y dar energía a los demás a costa de agotarme yo: no he nacido para estimularles con tal de que continúen a mi lado.

Mi propia existencia, mi ser; ya es valioso.

Si quieren continuar a mi lado deben aprender a valorarme.

Me doy permiso para dejar que se desvanezcan los miedos que me infundieron en la infancia.

El mundo no es sólo hostilidad, engaño o agresión: hay también mucha belleza y alegría inexplorada.

Me doy permiso para no agotarme intentando ser una persona excelente. No he nacido para ser la víctima de nadie.

No soy perfecto, nadie es perfecto y me permito rechazar los esquemas ajenos: un hombre sin fisuras, rígidamente irreprochable. Es decir: inhumano.

Me permito no sufrir angustia esperando una llamada de teléfono, una palabra amable o un gesto de consideración.

Me afirmo como una persona no adicta a la angustia. No espero encerrado o recluido ni en casa, ni en un pequeño círculo de personas de las que depender. Soy yo quien me valoro, me acepto y me aprecio.

Me permito no querer saberlo todo, para no estar al día en muchas cuestiones de la vida: no necesito tanta información, tanto programa de ordenador, tanta película de cine, tanto periódico, tanto libro, tantas músicas.

Me doy permiso para ser inmune a los elogios o alabanzas desmesurados: las personas que se exceden en consideración resultan abrumadoras.

Me permito un vivir con levedad, sin cargas ni demandas excesivas. No entro en su juego.

Me doy el permiso más importante de todos: el de ser auténtico.

No me esfuerzo por complacer. Es sencillo y liberador acostumbrarse a decir “no”.

No me justificaré: si estoy alegre, lo estoy; si estoy menos alegre, lo estoy; si un día señalado del calendario es socialmente obligatorio sentirse feliz, yo estaré como estaré.

Me permito estar tal como me sienta bien conmigo mismo y no como me ordenan las costumbres y los que me rodean: lo “normal” y lo “anormal” en mis estados emocionales lo establezco yo.

 

Joaquín Argente

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