EL MISTERIO DE SANAR | Jeff Foster

Abrazar y abrirnos a nuestro dolor —a la tristeza, al miedo, a la pena, a las dudas— no necesariamente hace que el dolor sea menos intenso, o que se haga más fácil de soportar en el momento. Y no hay promesas aquí, en el campo de la Verdad que se despliega momento a momento el dolor podría desaparecer, o no. Podría volverse más intenso antes de disiparse. Podría nunca irse.

Pero ese no es el punto. No abrazamos nuestro dolor con el fin de hacerlo «desaparecer». Eso es resistencia, no aceptación.

Sin embargo, no somos mártires, y no somos masoquistas, y no somos narcisistas, ni tampoco estamos obsesionados con nuestro sufrimiento, ni tampoco estamos enamorados de él. Sólo estamos interesados en la verdad de este momento.

Estamos enamorados de la vida misma. Y sabemos que cada sensación, cada oleada de miedo, cada hormigueo, cada palpitación, cada vibrante parte del cuerpo, no es otra cosa que la vida misma, una expresión plena de consciencia, que está aquí para ser incluida; sabemos que no se trata de ningún enemigo, o una amenaza a la totalidad, sino una expresión de la totalidad.

Y sabemos que huir de nuestro dolor, reprimirlo, ignorarlo, negarlo, tratar de anestesiarlo o hacer que «desaparezca», sólo nos convierte en esclavos de él, viviendo atemorizados y que, en última instancia, sólo estaríamos huyendo de nuestros propios hijos.

Comprendemos el camino para abrirnos, el camino sin camino de la inclusión radical, de decir:

Sí a cualquier cosa que surge en nosotros

Sí tanto al aburrimiento como a la felicidad

Sí tanto a la alegría como a la tristeza.

Y sabemos que este es el camino menos recorrido: el camino del coraje, el de sumergirnos desnudos en lo desconocido día tras día. Sin embargo sabemos que es el único camino para nosotros, ¡para quienes ya hemos intentado todos los demás caminos!

Sanar no significa eliminar inmediatamente el dolor.

Significa abrirnos al dolor en su inmediatez, y abrirnos a la alegría, y abrirnos a la pena, y abrirnos al éxtasis, y abrirnos a nuestra incapacidad de abrirnos, y conocernos a nosotros mismos como esa apertura, esa inmensidad en donde todo es incluido, en donde todo es permitido, en donde todo es bienvenido, ¡en donde todo está vivo!

¬Jeff Foster

Photo by Brooke Cage

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Parábola: LA SAL | Anónimo

Un anciano maestro hindú se cansó de las quejas de su aprendiz así que, una mañana, le envió por algo de sal.

Cuando el aprendiz regresó, el maestro dijo al joven infeliz que pusiera el puñado de sal en un vaso de agua y luego se la bebiera.

«¿A qué sabe?» —Preguntó el maestro—

«Amarga» escupió el aprendiz.

El maestro rio entre dientes y entonces le pidió al joven tomar la misma cantidad de sal en la mano y ponerla en el lago.

Los dos caminaron en silencio al lago cercano y una vez que el muchacho lanzó al agua su manotada de sal el viejo maestro le dijo:

«Ahora bebe agua de lago»

En cuanto el agua se escurría por la quijada del joven, el maestro le preguntó:

«¿A qué sabe?»

«Fresca» comentó el aprendiz.

«¿Te supo a sal?» —Preguntó el anciano—

«No» dijo el joven.

En esto el maestro se sentó al lado de este chico que le recordaba a sí mismo, le tomó sus manos e inició la lección:

El dolor de la vida es como la sal pura; ni más, ni menos. La cantidad de dolor en la vida es exactamente la misma. Sin embargo la cantidad de amargura y sufrimiento depende del recipiente en el que colocamos el dolor. Así que cuando sientas dolor en tu Alma, aumenta el sentido de todo lo que hay a tu derredor. Deja de ser un vaso pequeño y conviértete en un lago, amplio, sereno.

¬Anónimo

Photo by Paul Gilmore /Unsplash

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TA-HIO O GRAN CIENCIA | Confucio

 

SE1301-181204 Ta Hi o Gran Ciencia Confucio PhRostyslavSavchyn

Es preciso conocer el fin hacia el que debemos dirigir nuestras acciones.  En cuanto conozcamos la esencia de todas las cosas, habremos alcanzado el estado de perfección que nos habíamos Sigue leyendo