SER ALGUIEN ESPECIAL | Anthony De Mello

He aquí un error que la mayoría de las personas cometen en sus relaciones con los demás: tratar de construirse un nido estable en el flujo constantemente móvil de la vida.

Piensa en alguien cuyo amor desees.

¿Quieres ser alguien importante para esa persona y significar algo especial en su vida?

¿Quieres que esa persona te ame y se preocupe por ti de una manera especial?

Si es así, abre tus ojos y comprueba que estás cometiendo la necedad de invitar a otros a reservarte para sí mismos, a limitar tu libertad en su propio provecho, a controlar tu conducta, tu crecimiento y tu desarrollo de forma que éstos se acomoden a sus propios intereses.

Es como si la otra persona te dijera: «Si quieres ser alguien especial para mí, debes aceptar mis condiciones, porque, en el momento en que dejes de responder a mis expectativas, dejarás de ser especial».

¿Quieres ser alguien especial para otra persona?

Entonces has de pagar un precio en forma de pérdida de libertad. Deberás danzar al son de esa otra persona, del mismo modo que exiges que los demás dancen a tu propio son si desean ser para ti algo especial. Párate por un momento a preguntarte si merece la pena pagar tanto por tan poco.

Imagina que a esa persona, cuyo especial amor deseas, le dices: «Déjame ser yo mismo, tener mis propios pensamientos, satisfacer mis propios gustos, seguir mis propias inclinaciones, comportarme tal como yo decida que quiero hacerlo.»

En el momento en que digas estas palabras, comprenderás que estás pidiendo lo imposible.

Pretender ser especial para alguien significa, fundamentalmente, someterse a la obligación de hacerse grato a esa persona y, consiguientemente, perder la propia libertad.

Tómate el tiempo que necesites para comprenderlo…

Tal vez ahora estés ya en condiciones de decir: «Prefiero mi libertad antes que tu amor”.

Si tuvieras que escoger entre tener compañía en la cárcel o andar libremente por el mundo en soledad, ¿qué escogerías?

Dile ahora a esa persona: «Te dejo que seas tú misma, tener tus propios pensamientos, satisfacer tus propios gustos, seguir tus propias inclinaciones, comportarte tal como decidas que quieres hacerlo. »

En el momento en que digas esto, observarás una de estas dos cosas: o bien tu corazón se resistirá a pronunciar esas palabras y te revelarás como la persona posesiva y explotadora que eres (con lo que será hora de que examines tu falsa creencia de que no puedes vivir o no puedes ser feliz sin esa otra persona), o bien, tu corazón pronunciará dichas palabras sinceramente, y en ese mismo instante se esfumará todo tipo de control, de manipulación de explotación, de posesividad, de envidia.

«Te dejo que seas tú mismo: que tengas tus propios pensamientos, que satisfagas tus propios gustos, que sigas tus propias inclinaciones, que te comportes tal como decidas que quieres hacerlo.»

Y observarás también algo más: que la otra persona deja automáticamente de ser algo especial e importante para ti, pasando a ser importante del mismo modo en que una puesta de sol o una sinfonía son hermosas en sí mismas, del mismo modo en que un árbol es algo especial en sí mismo y no por los frutos o la sombra que pueda ofrecerte.

Compruébalo diciendo de nuevo: «Te dejo que seas tú mismo».

Al decir estas palabras te has liberado a ti mismo. Ahora ya estás en condiciones de amar. Porque, cuando te aferras a alguien desesperadamente, lo que le ofreces a la otra persona no es amor, sino una cadena con la que ambos, tú y la persona amada, quedáis estrechamente atados. El amor sólo puede existir en libertad.

El verdadero amante busca el bien de la persona amada, lo cual requiere especialmente la liberación de ésta con respecto a aquél.

¬Anthony De Mello

Una llamada al Amor

Photo by Kristopher Roller /Unsplash

***

Dejar Ir | Louise L. Hay

Blog Dejar Ir Louise Hay

 

Dejar ir no significa dejar de cuidar, significa que no puedo hacerlo por otra persona.

Dejar ir no es aislarme, es darse cuenta que no puedo controlar a otro.

Dejar ir no es permitir, sino reconocer el aprendizaje de las consecuencias naturales.

Dejar ir es admitir la impotencia, que significa que el resultado no está en mis manos.

Dejar ir no es tratar de cambiar o culpar a otro, es sacar lo máximo de mí mismo.

Dejar ir no es cuidar, sino atender.

Dejar ir no es reparar, sino ser de apoyo.

Dejar ir no es juzgar, sino permitirle a otro que sea un ser humano.

Dejar ir no es estar en el medio arreglando todos los resultados, sino permitir a otros que influyan en sus propios destinos.

Dejar ir no es ser protector, es permitir a otro que enfrente la realidad.

Dejar ir no es negar, sino aceptar.

Dejar ir no es regañar, reprender o discutir, sino buscar mis propios defectos y corregirlos.

Dejar ir no es ajustar todo a mis deseos, sino tomar cada día como viene y apreciarme a mí mismo en él.

Dejar ir no es lamentar el pasado, sino crecer y vivir para el futuro.

Dejar ir es temer menos y amar más.

Louise L. Hay